
Como ya dije, me gusta el academicismo. Las escuelas pictóricas realistas clásicas suelen encantarme, y ya, ahondando en las producciones de los pintores pertenecientes a estos campos, encuentro diferentes obras preferidas en base a detalles. Detalles que consiguen llamar la atención de alguna pasión, gusto, reminiscencia, color, forma, ser, o experiencia.

- El Delacroix exitoso y maduro.
Es… difícil, por no decir imposible, escapar de la fuerza contenida en una orgía de la pincelada y del color de Delacroix. Y Delacroix es uno de esos pintores que no deberían gustarme… Como me pasa con El Greco. No deberían gustarme, porque a mi me gustan otras cosas muy diferentes. A mi me gusta la perfección milimétrica y respetuosa de un Ingres, por ejemplo.
Y sin embargo… me gustan. Me gusta Delacroix. Y la verdad es que fue fácil aceptar el hecho de que sus pinturas consiguieron seducirme, por una sencilla razón. Y es que están vivas.
En el arte de Delacroix podemos encontrar dos particularidades, que impregnan toda su obra, y que pueden hacer que lo odiemos, o que lo amemos. Y estas particularidades son (bajo mi humilde punto de vista neófito) muy sencillas:
1: La pintura de Delacroix es pasional, y destila, suda, llora… vida. Vida y desconsuelo. Porque si hay algo en la obra de Delacroix es soledad en el conjunto. Puede que en el cuadro haya mil personajes, pero la sensación total y desgarradora que trasmite la obra es de soledad. De ahí deducimos que esas obras están vivas.
2: La pintura de Delacroix es profunda. Y no en el sentido que todos podemos usar alguna que otra vez para describir actitudes o aptitudes. No. Es profunda hasta cuando no se lo propone. Y esto es algo sensacional y misterioso, que enlaza directamente con el punto numero uno. Para que una obra, ya sea esculpida, tallada, pintada, escrita o compuesta nos haga sentir… tiene que ser profunda. Profunda en su esencia pasional.
Ferdinand-Victor-Eugène Delacroix fue un hombre antiguo, en el sentido total de la palabra. Nació en un mundo antiguo, que se nos antoja lejano, y brumoso. nació casi bajo el torbellino del final de esa revolución francesa ya casi mitológica en nuestra cultura neoliberal, y bajo ese influjo política de restauración militar y social nació el joven Eugène. Tan asfixiante era ese universo político, que hasta se dijo que el pobre jovencito era hijo de Talleyrand, el gran político universal de Francia. Y lo cierto es que se parecían.
Muere el padre, prefecto de la Gironda, politico, como todo lo que rodea al pequeño Eugène. La madre, viuda, de Delacroix se fue a vivir a la capital con sus dos hijas, ya casadas. Y el joven y despeinado Delacroix, desgarbado y de mirada demasiado escrutadora, fue internado en el liceo imperial.
Muere la madre, y Delacroix queda al cargo de su hermana mayor, Henriette.
Un año más tarde, su tío, que era pintor, le recomendó que entrara en el taller de Pierre-Narcisse Guérin. En este taller, sus maestros fueron, nada más y nada menos que Gericault y Gros. ¿Como no iba a cultivarse un genio, con estos maestros?

- Andromaca y Pirro, de Guérin. Este fue el arte sublime y perfecto (El que a mi sí que me suele gustar) del que aprendió Delacroix.
La sensibilidad de Delacroix era diariamente entrenada con frecuentes visitas al Louvre.
Como una esponja, Eugène absorbio los colores y las formas de sus maestros preferidos: Rubens, Velázquez, Rembrandt, Veronese, y se debatió entre la tradición y el clasicismo de estos.
El paisajista Bonington le enseñó a pintar la naturaleza. Soulier le inició en la acuarela. Y entonces, y solo entonces, despertó la pasión.
Y desde ese instante, la pasión no le abandonó. Esa pasión traumática, a veces decadentes, siempre desconsolada, siempre estuvo en su obra. En sus colores, en sus pinturas, en las emociones que expresaban con sus ojos tristes las mujeres arrodilladas y los tigres ardientes, los caballos furiosos y los hombres absorbentes.

- Grecia, en las ruinas de Missolonghi. Destructiva soledad. Desconsolada derrota. Romanticismo en estado puro.
Otro de los detalles más atractivos, biográficamente, de Delacroix, es su desbocada preferencia por las amistades de artistas ajenos a la pintura. Eugène frecuenta los salones literarios donde conoce a Stendhal, Victor Hugo, Mérimée, Alexandre Dumas, Baudelaire. Es un melómano, y se relaciona con Paganini, Frédéric Chopin, Franz Liszt, Franz Schubert, entre otros. Prefiere la amistad de músicos, escritores (George Sand) y poetas a la de los pintores de su época.
En 1827 expone La muerte de Sardanapalo. Previamente a acometer el lienzo, había hecho varios estudios al pastel y al natural.
La obra es, sencillamente, espectacular. No es de mis preferidas, pero tiene rincones de una belleza difícil de obviar. Debo reconocer que los estudios particulares de algunas figuras, al pastel, me gustaron más que la obra al completo. Aquí podemos verla:

Los soldados y guardias armados, acometiendo las despiadadas ordenes del incapaz y decadente soberano oriental, son magistrales. Son vigorosas, fuertes, y no dejan atrás su belleza viril y humana, hasta el punto de que sus recios torsos acompañan a la perfección la frágil y apabullante suplica de las femeninas concubinas, que como parte de las posesiones del monarca, están siendo masacradas. El contraste conseguido, magistral. Delacroix remata la sensación ambivalente de decadente belleza y decadente fuerza usando colores cálidos que contrastan con la frialdad de un fondo incierto.
El erotismo mortal, la feminidad desgarrada por la viril crueldad, el decorado asiatico, el enloquecido color escapando de la linea… Delacroix llamaría a este cuadro “La proeza asiatica”.
La figura más bella, para mi, de la obra, salvando el rostro oscuro y perfecto del rey, es el precioso caballo que Delacroix, inteligentemente, nos pone ante los ojos gracias a su color blanco, para destacar la riqueza, la pureza, la belleza, y la cantidad de lujos y manjares físicos y materiales que poseía el personaje babilonio.
¿Como es posible que el ojo de un caballo consiga trasmitir el terror de un pobre animal que está siendo asesinado?
No lo sé. Delacroix si lo sabía. El rostro del preciosos ejemplar está aterrado. Algo así solo lo podía conseguir Delacroix.

La relación de Delacroix con los caballos, en su obra, es bestial. Aparecen de forma constante, al igual que los grandes felinos. Pocos pintores poseen un leitmotiv tan destacado. Caballos… caballos salvajes o aristocráticos. Caballos fuertes, o puros. Caballos luchando, corriendo, batallando. Caballos siendo devorados por inmensos tigres, o por fieros leones.

La pasión (palabra clave en el arte de Delacroix) que desprenden estas imágenes no es casualidad. la potencia del caballo, como animal mítico de la fuerza y la honorabilidad, es brutal. Delacroix se deja seducir por la fuerza desprendida de estas bestias, y a través de su pincelada romántica nos deja acudir y vislumbra las coces y los rugidos de un universo interior lleno de sencilla pasión.

Delacroix siempre se debatirá entre dos grandes mundos. La técnica, y el color. El clasicismo, y el romanticismo. Creo que esa intensa guerra interna, esa lucha despiadada, se muestra siempre en todas las obras que contienen caballos luchando con grandes felinos. Creo que Eugène se veía reflejado en la belleza y la nobleza independiente del caballo. Lo que veía en la figura del tigre, que también obsesionaba y seducía, no lo he logrado descifrar.
Hacia 1825, Delacroix viaja a Inglaterra, donde de sumerge en el mundo de los colores y los paisajes. Esto acentuará su magistral uso de los colores, y los contrastes entre la fría tristeza y la cálida pasión se convertirán en destacados e inamovibles.

El rostro de esta terrible mujer es desgarrador hasta puntos insospechados. Los cuadros suelen tener acceso a una sensación clave. A veces, a mucha gente (como yo) tiene el acceso a esa clave demasiado anclado en el sonido, en la palabra. Por eso se nos escapa una lagrima viendo películas u oyendo música. Pero si conseguimos desarrollar la sensibilidad visual, cuadros como este pueden hacernos, literalmente, llorar.
Esta mujer se puede ver también, en menor escala, en la matanza de Quios, obra que Delacroix expuso en 1822, causando un verdadero revuelo en el mundillo romántico. Muy pronto Delacroix empezaría a ser apodado “El príncipe de los románticos”.

La tristeza y el abandono que logran las figuras de esta obra no tiene parangón. tal vez solo sea comparable este cuadro con el Naufragio de la Medusa, de Gericault. Solo esa oscura nube de muerte y llanto puede superar a las lagrimas pintadas por Delacroix. El color no es tan oscuro como puede ser el de un Moreau. Pero la temática es mucho más desgarradora.
El 1832, siendo ya una figura destacada y reconocida, y habiendo ya sido condecorado con la legión de honor, realiza un viaje al norte de Africa.
Estas son las palabra del propio pintor:
“Imagina querido amigo, lo que supone contemplar las puestas de sol, ver a personas que se parecen a antiguos cónsules, Catones y Brutos, paseando por las calles, arreglando sus sandalias, a los que ni siquiera falta el aire desdeñoso que deben de tener los amos del mundo“
Delacroix, en estos países, vivió en directo una reconstrucción de como fueron las sociedades de las antiguas Grecia y Roma. Y no solo eso. Pudo ver el interior de harenes, pudo ver las vestimentas de las mujeres, pudo observar animales, caballos, tigres, fieras, y todo esto lo registró con dibujos. La cascada de obras inspiradas por este viajes es increíble.

- El Mulay Abderraman, Sultán de Marruecos, saliendo de su palacio de Meknes rodeado de su guardia,1845.
Después de este viaje, empieza a ser el favorito, y recibe encargos oficiales de todo tipo.

Una de mis obras preferidas del sublime Eugène, y que os sonará de la portada de este blog, La Medea furiosa, con la cual, por fin, enamoró a la crítica que siempre le había sido adversa. Incluso los admiradores de Ingres quedaron boquiabiertos ante la furiosa y profunda Medea de Delacroix.
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Es comparado de inmediato con Correggio y se dice que la obra evoca a Leonardo. Es alabada incluso como una imagen alegórica invertida de la tradicional “caridad” cristiana al más puro estilo renacentista.
Delacroix fue, desde su salto a la fama, el gran rival estético de Ingres. Sus obras eran despiadadamente criticadas por los admiradores de este, y ocurría lo mismo en los salones en los que se exponían las obras de su rival. Delacroix fue tildado de neoclásico en sus comienzos. Pero supo bien demostrar cuan lejos estaba su arte del de su némesis, Ingres.

- Cristo en la cruz.
Delacroix crea un mundo mucho más oscuro, mucho más brumoso, y más cálido. Su pincelada es perfecta, pero difuminada, y eso me apasiona.
Delacroix es la pasión, que escupe a la cara de la perfección, representada por el elegante y aristocrático arte de Ingres, fotográficamente bello, y sublimemente artificioso en sus temáticas y pinceladas milimétricas.
Delacroix fue un mito. Un mito para sus seguidores románticos, que defendían la pincelada libre, el color por encima de la subyugadora linea. Courbet y muchos otros artistas le rindieron homenaje a su príncipe, tras su muerte.

- Cristo en el jardín de los olivos.
Aquí he tratado de exponer mis favoritas de entre todas las obras maestras del genio que fue Delacroix. El Cristo en el jardín de los olivos me ha parecido perfecta para terminar. Es muy poco conocida para el gran público, y me parece una obra increíblemente perfecta. El color divino y terreno, las texturas preciosas, la luz celestial, los ángeles puros, los gestos profundos, la fuerza sin limites de la imagen, la teatralidad ambiciosa que Delacroix siempre derramaba en sus lienzos… Todo está presente en todos y cada uno de sus cuadros, en uno u otro lugar, o en la totalidad de la obra, como ocurre con este lienzo.
Todo, en Delacroix, es rebelde, y es emoción. Delacroix no es más que la emoción rebelde. No es más que la rebelde emoción.
Sin duda, el arte de un príncipe. El divino príncipe de los románticos.

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