La Carmen más canaria:

La tormentosa situación (dramática hasta el cómico punto romántico de la fantasía operística) de nuestro festival lírico, me obliga a empezar mi entrada en un tono nada halagüeño:

Odio, se puede decir, opinar e inmiscuírme en una temática tan lacerante y tan presente a la vez en el entramado político y económico de nuestras islas, azotadas no solo por la plaga bíblica de los mercado, si no por una ineficacia y un sectarismo evidenciado y ahora ratificado por parte de unos gobernantes obsesionados por una identidad dolorosa y falsa, que los habitantes de su propia isla no comparten. Hablo por supuesto de nuestra querida, amada y preciosa vecina, la isla de Tenerife, que en absoluto es responsable de los actos pérfidos (Una palabra, por otra parte, muy operística) de los señores que lamentablemente nos gobiernan a todos los canario, pero que sin ninguna duda, solo obedecen a los interés de unos pocos.

Bien… Abandonado la inercia monumental y obligatoria de la nefasta actualidad, debo decir que mi felicidad y mi contento superan ampliamente los desechos emocionales que puedan causar las malas noticias económicas:
Nancy Fabiola Herrera, artista canaria que lleva paseando el arte de nuestras islas por todos los teatros de ópera de referencia del mundo, ritorna vittoriosa al Perez Galdós poco después de haber triunfado con su espectáculo “Gitanas” para encarnar a su personaje insigne, su rol de referencia, la gitana española más francesa y más famosa del universo lírico: Carmen.

El acontecimiento promete:

Teatro Pérez Galdós

FEBRERO

Lunes 27 y Miércoles 29  20:30 hrs.

MARZO

Viernes 2  20h30

Domingo 4  19:30 hrs.

Opéra-comique en tres actos y cinco cuadros

Libreto de Henri MEILHAC Ludovic HALÉVY

basado en la novela de Prosper Mérimée.

Música de Georges BIZET

estrenada en la Opéra-Comique de París

-Salle Favart- el 3 de marzo de 1875

El cast:

  • Nancy Fabiola HERRERA
    Carmen
  • Aquiles MACHADO
    Don José
  • Beatriz DÍAZ
    Micaëla
  • Luca GRASSI
    Escamillo
  • Víctor GARCÍA SIERRA
    Zuniga
  • Javier GALÁN
    Moralès / Le Dancaïre
  • Elisandra MELIÁN
    Frasquita
  • Rosa Delia MARTÍN
    Mercédès.

Yo asistiré, no solo para intentar elaborar una reseña decente, si no con la firme intención de disfrutar de la que, sin duda, es la Carmen más canaria. Invito a todos a celebrar, en contraste con la situación nefasta, la realidad que tanto parece molestar a algunos miembros del gobierno canario: Que el festival lírico de nuestra ciudad resiste, sobrevive, se sobrepone, y continua ofreciendo cultura, arte, trabajo y fama a nuestra isla y a nuestro archipiélago.

¡Disfrutad!

PD:

Leyla Gencer: Aida

 


Volvemos a retomar la sección Leyla Gencer: Sus roles. Nos detendremos hoy en uno de los más emblemáticos: Aclamado como pocos, popular entre los populares, continuamos en la estela verdiana con Aida

Gencer acometió el rol de la esclava etíope en su casa de La Scala. Y lo acometió en dos temporadas diferentes. Pudieron disfrutar los milaneses de La Regina en la piel de la africana en los años 63 y 66 respectivamente.

En el año 63 Leyla compartió escenario con artistas de la talla de Ghiaurov, Cossotto, Protti. Recordemos que, casi con identico cast, en el año 62, y en el mismo escenario, el rol de Aida había sido cantado por Leontyne Price.

En todo caso, en el foso del insigne teatro se encontraba, en las dos ocasiones, Gianandrea Gavazzeni. Zeffirelli se encargaba de la regia.

Leyla, imponente.

Tres años más tarde Leyla cantaba de nuevo, esta vez junto a Cossotto (De nuevo), Bumbry, Guelfi y Cappuccilli, etc…

No solo fue Leyla la schiava dei faraoni en Milán. La Arena de Verona también fue escenario propicio para el filado apoteósico y el pianissimo celestial de la turca. Por las mismas fechas (63, 66) Leyla encarnó de nuevo a Aida.

Capuana en el foso, Bergonzi y Cossotto encarnando a Radamés y a Amneris. No tengo noticia de que exista registración alguna de las estelares funciones de la Scala. Como compensación de oro podemos disfrutar de las dos funciones de la Arena de Verona grabadas en video:

¿Qué decir de la voz de Leyla? Timbre ligero y recio, de armónicos más carnosos que en los cincuenta y más confortables que en los 70. Perfecta conjunción de emoción y técnica. Control exhaustivo del fiado. Color de increíble belleza, que se veía remarcada aún más si cabe en los pianos. Colorido el suyo que, en los años 60, era exquisito de parte a parte. Expresión refinada, que otorga a la Aida de la turca un sinfín de equilibrios entre la doliente imagen de la derrota y la furia de la expresión victoriosa en la enjundia de la tragedia. Enmarquemos entre comentario en la apreciación general de que Aida es un rol que se presta al drama “ñoño”, al fatigoso arte de la patética suplica constante. Gencer no yerra en ese sentido. Jamás lo hizo.

Es hora de escucharla. El documento: De enorme calidad. ¡Ritorna Vincitor!

Las subidas al registro alto no son del todo perfectas, son algo abiertos los agudos, pero la rotundidad de su impecable estabilidad nos deja sin aliento, aún estaba sana la maquinaria y era fabulosa la utilización del registro medio y también del alto. El delicadísimo piano de ensueño, la preciosa sfumatura, no dejan nunca de lado la aproximación dramática, que es tremenda.

Disfrutemos ahora de este extracto de la función del año 66, en este caso con un lírico y terso Bergonzi y una joven Cossotto de fresca emisión:

Cálida interpretación, con sus fallas expresivas incluidas, y efusivo timbre. Equilibrio inigualable de armónicos. Volumen apreciable, aún cuando la Sultana era la primera en reconocer que su voz no llegaba a poseer el tamaño monumental de alguna de las voces de sus ilustres colegas.

O patria mia, año 63. Observemos el dominio absoluto sobre el fiato. Aún gozaba la voz de equilibrio de registros. La perfección se acabaría, pero aún era evidente por aquellos años. Inusual la delicadeza, sublime la matización en el forte y la inabarcable belleza en el filado:

Es fácil disfrutar de esta función de forma gratuita. Por suerte en Yuotube se encuentra entera:

Leyla volvería a cantar Aida. En Macerata. El documento, rarísimo, hará las delicias de los admiradores religiosos de la turca, adoradores de su desequilibrio en el registro y su glotis  incontrolable. Aún cuando se acercaban los años del descenso, en el 73 aún guardaba Leyla los secretos del canto celestial que la caracterizarían hasta su deceso dedicado a la enseñanza. Ritorna Vincitor, año 1973:

La belleza del piano sigue siendo inamovible. Jamás la abandonaría. Hasta los años ochenta la Gencer disfrutaría de un pianissimo inigualable y de una belleza tímbrica inusual y subyugadora. El matiz único también continúa siendo inalterable. Tal vez el agudo ya termine de ser abierto, aunque bien colocado y dramáticamente efectivo.

Para terminar con una nota de humor, Leyla narra en una fabulosa entrevista ( 😉 ) una divertida anécdota relacionada con un barítono algo efectista:

Simplemente divina.

——–

Continuaremos muy pronto con otros insignes roles 😉

Sed felices.

Temporada de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria 2012:

Reconocidos cantantes de la escena internacional estarán presentes en esta temporada marcada por los recortes pero que brilla por si sola, no solo por lo llamativo de los populares títulos sino por los cast. Asombrosos repartos los que nos ofrece la ACO, a la altura de cualquier plaza europea de primer orden:
Nancy Fabiola Herrera, Juan Diego Florez, Aquiles Machado, Nino Machaidze, Daniela Barcellona, Yolanda Auyanet, Patrizia Ciofi…

¡Viva la ópera! Y… A disfrutar 😉

Ainhoa Arteta: IX Concierto-Homenaje Alfredo kraus.

Ayer, día 23, el maestro del canto, espectacular tenor y prodigio vocal gran canario, Alfredo Kraus, hubiera cumplido 84 años.

Hoy, día 24, se le ha ofrecido un homenaje en forma de concierto, cuya protagonista era la maravillosa soprano Ainhoa Arteta, acompañada del pianista Marco Evangelisti.

Alfredo Kraus me trae a la mente un sinfín de emociones positivas.

Que una ciudad como la mía, pequeña en su conjunto, pueda gozar del orgullo de haber visto nacer a uno de los artistas del siglo, me llena de… honra.

Y aún más. Que una ciudad como la mía, y su alma cultural, hayan sabido vencer y resistir las murallas de contención como los ataques de la vulgaridad, la ignorancia y la sórdida y roñosa política, y posea un coliseo operístico como el Teatro Perez Galdós, un auditorio atlántico y magnifico como el Auditorio Alfredo Kraus, y otros dos teatros, el Cuyás y el Guiniguada, me hace sentir orgulloso de mi pequeña ciudad.

Alfredo, colosal, desafiando al oceano, con el auditorio que lleva su nombre al fondo, coronando la playa de las Canteras.

Dentro de poco también poseeremos la sede de la fundación Alfredo Kraus, donde se guardarán los recuerdos de tantos años de éxito y arte perfecto repartido por los más grandes teatros de ópera del mundo. Y eso me hace muy feliz.

Pero hoy, día 24, es día de acudir al auditorio.

La soprano Ainhoa Arteta es una de las más destacables interpretes de su cuerda, en la actualidad. Nos deleito hace poco, en Las Palmas, con una delicada y cremosa Manon Lescaut, de gran calado dramático, y tambien nos ofreció un precioso Stabat Mater de Rossini, enmarcado en el festival de musica de Canarias.

Ante todo, Arteta es una persona adorable. Esa es la sensación predominante cuando sonríe con gracia y dulzura, y comenta, ya que adora hablar. Y esto se agradece cuando la que habla es tan sencilla y tan bondadosa en sus intervenciones.

Intercaló comentarios, no demasiados, entre las partes en las que estaba dividido su concierto. Habló de Carmen Kraus, recientemente fallecida. Y habló de Rosa, la esposa de Alfredo. Habló de los sabios consejos del maestro, y habló de la importancia que han tenido estos en su carrera posterior. Hablo del amor de Alfredo por su mujer, y de lo mucho que sufrió su perdida.

Alfredo me dijo que a la voz hay que escucharla, y no obligarla

Esto entra dentro de lo normal. Era un concierto homenaje. Pero podría ser pura cortesía si no fuera porque también engarzó Ainhoa una dulce dedicatoria a las madres, padres y abuelas del público, a los que dedicó la canción “O merino doente” de Oswaldo Lacerda.

Solo dos voces me han llamado la atención de esa manera. La de Pavarotti, y la de él. Era impresionante la cantidad de armónicos que tenía su voz

Al final se declaró enamorada de las islas, y de Las Palmas, más concretamente. Mostró su apoyo incondicional a la ACO (Amigos Canarios de la Ópera), diciendo que vendrá a la ciudad “con un organillo si hace falta“, y para deleitar a los operofilos asistentes, como ella misma dijo, se cantó un Tu che di gel sei cinta.

No le pareció suficiente. Había que añadir un toque de zarzuela, y la encantadora Ainhoa se cantó una divertida Tarántula.

Cuando ya parecía llegar el inevitable final, la soprano no parecía querer irse. Las risas y el bondadoso encanto desembocaron en un ultimo regalo. Un dulce O mio babbino caro.

Agradable voz la ofrecida, de timbre carnoso y naturaleza afilada, haciendo gala de una preciosa media voz, unos pianísimos muy bellos, de delicadeza sublime, a pesar de no ser espectaculares, pero con firme intención.

Gracias Ainhoa. Espero, como aficionado, que muy pronto puedas volver a Las Palmas para participar de nuevo en la temporada operística, y podamos todos disfrutar de tu cordialidad y tu sensibilidad.

Leyla Gencer: Macbeth

Siguiendo con la sección Leyla Gencer: Sus roles, hoy quiero traer a colación uno de los más emblemáticos. Verdiano, como no. Lady Macbeth.

Se puede decir que el segundo pilar, en el terreno vocal, de la turca, después de Donizetti, fue Verdi. El extenso elenco de personajes interpretados por la Gencer es, en un punto, inconmensurable. De Verdi, creo que Leyla cantó todas las óperas.

Los exitos, claro, fueron inmensos. Si bien algunos, como la Gerusalemme, fueron míticos, el Macbeth veneciano, y también el napolitano, vinieron a subrayar una linea vocal e interpretativa, que sería coronada, también en Venecia, por una soberbia Medea.

La Gencer poseía un caracter dramático, si bien polifacetico, muy marcado. Tenía un temperamento agresivo. Las Gildas y las Butterflys, como bien decía la propia Leyla “El primo periodo Gencer” no le gustaban demasiado. Se puede decir que los papeles que a la Gencer la hacían relucir más espectacularmente, desde el punto de vista dramático, eran los agresivos.

El somero examen así lo demuestra. Elisabetta, de Roberto Devereux, Lady Macbeth, Medea, Antonina, de Belisario, Maria Stuarda… todos son roles que, de un modo u otro, en mayor o en menor medida, son de espectro grave y airado, y todos ellos son piedras de toque en la carrera de la turca.

Hay que reconocer y tener presente que la propia Gencer no se sentía cómoda con este dictamen, que la tachaba de actriz belicosa. Con valor la turca sacaba a relucir su mansedumbre en roles delicados. Su Gilda, magnifica… Hasta las partes pausadas de la Maria Stuarda, muy melosas en su intensidad y su contenido, tanto musical como dramático.

Esto es cierto. Pero también es cierto que un temperamento como el suyo, aún cuando forma parte de un talento múltiple y diverso, puede sobresalir con respecto al conjunto cuando las palabras esgrimidas son empuñadas con furia. Un temperamento agresivo puede nacer y morir en un escenario, y cuando la dulzura sale a escena, este temperamento sencillamente calla.

Yo creo que es el caso. La Gencer nunca fue una artista encasillada en la furia. Escuchemos su Norma, de la que hablaré próximamente. Su pasión infernal da paso, en los instantes dolorosos, a una calma y a un desgarro emocional y piadoso de dimensiones increíbles. Esto demuestra que la Gencer no era una cantante anquilosada en un estilo agresivo.

Hablando de vocalidades, decía Celetti que la Gencer era algo parecido a una gran “mistificatrize”. Manifestaba, jocosamente, que su voz no era otra cosa que la victoria de David sobre Goliat. En palabras de Leyla: “Yo no tenía una voz de lady Macbeth. Yo me fabriqué una voz de lady Macbeth.” Tal vez se valió habilmente la Gencer de su desigualdad en el pasaggio para franquear triunfalmente la diferencia entre el registro lírico ligero y el dramático de agilidad hasta llegar al puramente dramático.

Una voz ligera, de fácil coloratura, pequeña en comparación a los mastodontes vocales de su tiempo, que consigue dominar, en base a la educación y al acertado y pausado cambio de estilo roles dramáticos de peso monumental, y llevarlos a cabo con precisión y sin precipitar al instrumento a un desgaste total, rápido e inviable.

En Venecia la Gencer cantó no solo uno, si no tres papeles criminales. Roles endiabladamente difíciles, si no por su peso, por su escritura vocal: Lady Macbeth, Medea, y Gioconda. La proeza es, como poco, destacable.

Por esta razón, la vocal, no pocos insinuaron que la naturaleza de la Gencer, ligera, no era adecuada para un rol, el de Lady Macbeth, que estaba destinado a una soprano dramática, casi falcon.

De las agilidades no había que preocuparse. Maestra del belcanto, la pirotecnia verdiana era un juego de niños para la turca. Pero… ¿Y el color? ¿Y el registro de pecho?

Yo creo que el éxito de la lady Macbeth de Gencer se basa en el fraseo, puro y duro. El mordiente de la voz es asfixiante para el espectador. El squillo es brillante. Asombroso. Esta fuerza, impresa en el canto gracias a una afilada afinación y a una desgarrado color, oscurecido a veces, “fabrica”, como bien decía Leyla, una voz muy apta para abordar la lady Macbeth. Además, se me antoja muy fiel a la partitura. Cada trino está en su lugar, y hasta se deja entrever algún flautato.

Primero, su debut en el rol, en Palermo. Año 1960:

Aquí, una muestra de su Lady Macbeth veneciana, en 1968. Dirige Gianandrea Gavazzeni:

"En el día de la victoria las encontró... aún yo estaba estupefacto por lo que escuché, cuando los mensajeros del rey me saludaron como señor de Cawdor; vaticinio hecho por las mismas videntes que predijeron una corona para mi cabeza. Esconde en tu corazón este secreto. Adiós." 
Ambicioso espíritu es el tuyo, Macbeth... Anhelas la grandeza, ¿pero tendrás la suficiente maldad? ¡El camino que conduce hasta el poder está lleno de crímenes, y pobre del que avanza con pie dudoso y retrocede! ¡Ven! ¡Apresúrate! ¡Quiero encender tu frío corazón! Yo te daré valor para cumplir la audaz empresa; las videntes te prometieron el trono de Escocia. ¿A qué esperas? Acepta el regalo, siéntate en él para reinar.

Es indudable la versatilidad, incuestionable la pericia técnica y admirable la intuición dramática.

Mientras admiramos la calidad de la interpretación, se pueden traer a colación algunos datos básicos de la obra.

Verdi escribió esta ópera en cuatro actos y diez cuadros, con un libreto de Andrea Maffei y Francesco Maria Piave, basado a su vez en la tragedia Macbeth, de Shakespeare.

Es la primera de las óperas de Verdi que se inspiró en Shakespeare, y pese a ser una de las creaciones más exitosas y deslumbrantes de la primera parte de la producción del de Busseto, algunos pasajes resultan un tanto superficiales.

Verdi destinó el papel protagonista a una voz de barítono, porque en esta época los tenores todavía no habían desarrollado un tipo de canto violento e intenso, como el que se requería para este personaje.

Respecto a la voz de lady Macbeth, que es la más interesante para mi, ésta debe ser: “áspera, sofocada y oscura, con un matiz diabólico”

La voz de la Gencer cumple este requisito, al igual que la otra gran Lady Macbeth de los últimos tiempos: Shirley Verrett.

La luz languidece y el faro que eternamente recorre los anchos cielos se extingue...
 Noche deseada, vela providencialmente sobre la mano culpable que herirá. 
¡Un nuevo crimen!... ¡Es necesario! Debe cumplirse la obra fatal. Los muertos no necesitan reinar; para ellos ¡un réquiem y la eternidad!... 
 ¡Oh, voluptuosidad del trono! ¡Oh cetro, al fin eres mío! Todo deseo mortal calla y se cumple en ti. Caerá exánime dentro de poco quien fue profetizado rey.

————–

Una mancha... está aquí, a todas horas...¡Fuera, te digo, maldita! ¡Una... dos... le ha llegado la hora! ¿Tiemblas?... 
¿No se atreve a entrar? ¿Un guerrero y tan cobarde?
 ¡Qué vergüenza!... ¡vamos, date prisa! ¿Quién hubiera imaginado que ese anciano tuviera tanta sangre?

Verdi escribió:

“He aquí este Macbeth, el cual amo más que a todas mis otras óperas”

Bien entendemos al genial maestro. Macbeth es tan espléndida como sobrenatural. Tan magnifica como sobrecogedora.

Para terminar, una nota nostálgica, y preciosa. Una provecta Gencer recuerda, en un instante de una magnifica entrevista su grandiosa Lady Macbeth. Un documento curioso y grato:

Eugène Delacroix: Rebelde emoción

Como ya dije, me gusta el academicismo. Las escuelas pictóricas realistas clásicas suelen encantarme, y ya, ahondando en las producciones de los pintores pertenecientes a estos campos, encuentro diferentes obras preferidas en base a detalles. Detalles que consiguen llamar la atención de alguna pasión, gusto, reminiscencia, color, forma, ser, o experiencia.

El Delacroix exitoso y maduro.

Es… difícil, por no decir imposible, escapar de la fuerza contenida en una orgía de la pincelada y del color de Delacroix. Y Delacroix es uno de esos pintores que no deberían gustarme… Como me pasa con El Greco. No deberían gustarme, porque a mi me gustan otras cosas muy diferentes. A mi me gusta la perfección milimétrica y respetuosa de un Ingres, por ejemplo.

Y sin embargo… me gustan. Me gusta Delacroix. Y la verdad es que fue fácil aceptar el hecho de que sus pinturas consiguieron seducirme, por una sencilla razón. Y es que están vivas.

En el arte de Delacroix podemos encontrar dos particularidades, que impregnan toda su obra, y que pueden hacer que lo odiemos, o que lo amemos. Y estas particularidades son (bajo mi humilde punto de vista neófito) muy sencillas:

1: La pintura de Delacroix es pasional, y destila, suda, llora… vida. Vida y desconsuelo. Porque si hay algo en la obra de Delacroix es soledad en el conjunto. Puede que en el cuadro haya mil personajes, pero la sensación total y desgarradora que trasmite la obra es de soledad. De ahí deducimos que esas obras están vivas.

2: La pintura de Delacroix es profunda. Y no en el sentido que todos podemos usar alguna que otra vez para describir actitudes o aptitudes. No. Es profunda hasta cuando no se lo propone. Y esto es algo sensacional y misterioso, que enlaza directamente con el punto numero uno. Para que una obra, ya sea esculpida, tallada, pintada, escrita o compuesta nos haga sentir… tiene que ser profunda. Profunda en su esencia pasional.

Ferdinand-Victor-Eugène Delacroix fue un hombre antiguo, en el sentido total de la palabra. Nació en un mundo antiguo, que se nos antoja lejano, y brumoso. nació casi bajo el torbellino del final de esa revolución francesa ya casi mitológica en nuestra cultura neoliberal, y bajo ese influjo política de restauración militar y social nació el joven Eugène. Tan asfixiante era ese universo político, que hasta se dijo que el pobre jovencito era hijo de Talleyrand, el gran político universal de Francia. Y lo cierto es que se parecían.

Muere el padre, prefecto de la Gironda, politico, como todo lo que rodea al pequeño Eugène. La madre, viuda, de Delacroix se fue a vivir a la capital con sus dos hijas, ya casadas. Y el joven y despeinado Delacroix, desgarbado y de mirada demasiado escrutadora, fue internado en el liceo imperial.

Muere la madre, y Delacroix queda al cargo de su hermana mayor, Henriette.

Un año más tarde, su tío, que era pintor, le recomendó que entrara en el taller de Pierre-Narcisse Guérin. En este taller, sus maestros fueron, nada más y nada menos que Gericault y Gros. ¿Como no iba a cultivarse un genio, con estos maestros?

Andromaca y Pirro, de Guérin. Este fue el arte sublime y perfecto (El que a mi sí que me suele gustar) del que aprendió Delacroix.

La sensibilidad de Delacroix era diariamente entrenada con frecuentes visitas al Louvre.

Como una esponja, Eugène absorbio los colores y las formas de sus maestros preferidos: Rubens, Velázquez, Rembrandt, Veronese, y se debatió entre la tradición y el clasicismo de estos.

El paisajista Bonington le enseñó a pintar la naturaleza. Soulier le inició en la acuarela. Y entonces, y solo entonces, despertó la pasión.

Y desde ese instante, la pasión no le abandonó. Esa pasión traumática, a veces decadentes, siempre desconsolada, siempre estuvo en su obra. En sus colores, en sus pinturas, en las emociones que expresaban con sus ojos tristes las mujeres arrodilladas y los tigres ardientes, los caballos furiosos y los hombres absorbentes.

Grecia, en las ruinas de Missolonghi. Destructiva soledad. Desconsolada derrota. Romanticismo en estado puro.

Otro de los detalles más atractivos, biográficamente, de Delacroix, es su desbocada preferencia por las amistades de artistas ajenos a la pintura. Eugène frecuenta los salones literarios donde conoce a Stendhal, Victor HugoMériméeAlexandre DumasBaudelaire. Es un melómano, y se relaciona con PaganiniFrédéric ChopinFranz LisztFranz Schubert, entre otros. Prefiere la amistad de músicos, escritores (George Sand) y poetas a la de los pintores de su época.

En 1827 expone La muerte de Sardanapalo. Previamente a acometer el lienzo, había hecho varios estudios al pastel y al natural.

La obra es, sencillamente, espectacular. No es de mis preferidas, pero tiene rincones de una belleza difícil de obviar. Debo reconocer que los estudios particulares de algunas figuras, al pastel, me gustaron más que la obra al completo. Aquí podemos verla:

Los soldados y guardias armados, acometiendo las despiadadas ordenes del incapaz y decadente soberano oriental, son magistrales. Son vigorosas, fuertes, y no dejan atrás su belleza viril y humana, hasta el punto de que sus recios torsos acompañan a la perfección la frágil y apabullante suplica de las femeninas concubinas, que como parte de las posesiones del monarca, están siendo masacradas. El contraste conseguido, magistral. Delacroix remata la sensación ambivalente de decadente belleza y decadente fuerza usando colores cálidos que contrastan con la frialdad de un fondo incierto.

El erotismo mortal, la feminidad desgarrada por la viril crueldad, el decorado asiatico, el enloquecido color escapando de la linea… Delacroix llamaría a este cuadro “La proeza asiatica”.

La figura más bella, para mi, de la obra, salvando el rostro oscuro y perfecto del rey, es el precioso caballo que Delacroix, inteligentemente, nos pone ante los ojos gracias a su color blanco, para destacar la riqueza, la pureza, la belleza, y la cantidad de lujos y manjares físicos y materiales que poseía el personaje babilonio.

¿Como es posible que el ojo de un caballo consiga trasmitir el terror de un pobre animal que está siendo asesinado?
No lo sé. Delacroix si lo sabía. El rostro del preciosos ejemplar está aterrado. Algo así solo lo podía conseguir Delacroix.

La relación de Delacroix con los caballos, en su obra, es bestial. Aparecen de forma constante, al igual que los grandes felinos. Pocos pintores poseen un leitmotiv tan destacado. Caballos… caballos salvajes o aristocráticos. Caballos fuertes, o puros. Caballos luchando, corriendo, batallando. Caballos siendo devorados por inmensos tigres, o por fieros leones.

La pasión (palabra clave en el arte de Delacroix) que desprenden estas imágenes no es casualidad. la potencia del caballo, como animal mítico de la fuerza y la honorabilidad, es brutal. Delacroix se deja seducir por la fuerza desprendida de estas bestias, y a través de su pincelada romántica nos deja acudir y vislumbra las coces y los rugidos de un universo interior lleno de sencilla pasión.

Delacroix siempre se debatirá entre dos grandes mundos. La técnica, y el color. El clasicismo, y el romanticismo. Creo que esa intensa guerra interna, esa lucha despiadada, se muestra siempre en todas las obras que contienen caballos luchando con grandes felinos. Creo que Eugène se veía reflejado en la belleza y la nobleza independiente del caballo. Lo que veía en la figura del tigre, que también obsesionaba y seducía, no lo he logrado descifrar.

Hacia 1825, Delacroix viaja a Inglaterra, donde de sumerge en el mundo de los colores y los paisajes. Esto acentuará su magistral uso de los colores, y los contrastes entre la fría tristeza y la cálida pasión se convertirán en destacados e inamovibles.

El rostro de esta terrible mujer es desgarrador hasta puntos insospechados. Los cuadros suelen tener acceso a una sensación clave. A veces, a mucha gente (como yo) tiene el acceso a esa clave demasiado anclado en el sonido, en la palabra. Por eso se nos escapa una lagrima viendo películas u oyendo música. Pero si conseguimos desarrollar la sensibilidad visual, cuadros como este pueden hacernos, literalmente, llorar.

Esta mujer se puede ver también, en menor escala, en la matanza de Quios, obra que Delacroix expuso en 1822, causando un verdadero revuelo en el mundillo romántico. Muy pronto Delacroix empezaría a ser apodado “El príncipe de los románticos”.

La tristeza y el abandono que logran las figuras de esta obra no tiene parangón. tal vez solo sea comparable este cuadro con el Naufragio de la Medusa, de Gericault. Solo esa oscura nube de muerte y llanto puede superar a las lagrimas pintadas por Delacroix. El color no es tan oscuro como puede ser el de un Moreau. Pero la temática es mucho más desgarradora.

El 1832, siendo ya una figura destacada y reconocida, y habiendo ya sido condecorado con la legión de honor, realiza un viaje al norte de Africa.

Estas son las palabra del propio pintor:

Imagina querido amigo, lo que supone contemplar las puestas de sol, ver a personas que se parecen a antiguos cónsules, Catones y Brutos, paseando por las calles, arreglando sus sandalias, a los que ni siquiera falta el aire desdeñoso que deben de tener los amos del mundo

Delacroix, en estos países, vivió en directo una reconstrucción de como fueron las sociedades de las antiguas Grecia y Roma. Y no solo eso. Pudo ver el interior de harenes, pudo ver las vestimentas de las mujeres, pudo observar animales, caballos, tigres, fieras, y todo esto lo registró con dibujos. La cascada de obras inspiradas por este viajes es increíble.

El Mulay Abderraman, Sultán de Marruecos, saliendo de su palacio de Meknes rodeado de su guardia,1845.

 Después de este viaje, empieza a ser el favorito, y recibe encargos oficiales de todo tipo.

Una de mis obras preferidas del sublime Eugène, y que os sonará de la portada de este blog, La Medea furiosa, con la cual, por fin, enamoró a la crítica que siempre le había sido adversa. Incluso los admiradores de Ingres quedaron boquiabiertos ante la furiosa y profunda Medea de Delacroix.

Es comparado de inmediato con Correggio y se dice que la obra evoca a Leonardo. Es alabada incluso como una imagen alegórica invertida de la tradicional “caridad” cristiana al más puro estilo renacentista.

Delacroix fue, desde su salto a la fama, el gran rival estético de Ingres. Sus obras eran despiadadamente criticadas por los admiradores de este, y ocurría lo mismo en los salones en los que se exponían las obras de su rival. Delacroix fue tildado de neoclásico en sus comienzos. Pero supo bien demostrar cuan lejos estaba su arte del de su némesis, Ingres.

Cristo en la cruz.

Delacroix crea un mundo mucho más oscuro, mucho más brumoso, y más cálido. Su pincelada es perfecta, pero difuminada, y eso me apasiona.
Delacroix es la pasión, que escupe a la cara de la perfección, representada por el elegante y aristocrático arte de Ingres, fotográficamente bello, y sublimemente artificioso en sus temáticas y pinceladas milimétricas.

Delacroix fue un mito. Un mito para sus seguidores románticos, que defendían la pincelada libre, el color por encima de la subyugadora linea. Courbet y muchos otros artistas le rindieron homenaje a su príncipe, tras su muerte.

                                                Cristo en el jardín de los olivos.

Aquí he tratado de exponer mis favoritas de entre todas las obras maestras del genio que fue Delacroix. El Cristo en el jardín de los olivos me ha parecido perfecta para terminar. Es muy poco conocida para el gran público, y me parece una obra increíblemente perfecta. El color divino y terreno, las texturas preciosas, la luz celestial, los ángeles puros, los gestos profundos, la fuerza sin limites de la imagen, la teatralidad ambiciosa que Delacroix siempre derramaba en sus lienzos… Todo está presente en todos y cada uno de sus cuadros, en uno u otro lugar, o en la totalidad de la obra, como ocurre con este lienzo.

Todo, en Delacroix, es rebelde, y es emoción. Delacroix no es más que la emoción rebelde. No es más que la rebelde emoción.

Sin duda, el arte de un príncipe. El divino príncipe de los románticos.

Leyla Gencer: Idomeneo.

Bueno, estrenando sección: Leyla Gencer, sus roles. Un pequeño recorrido por las óperas interpretadas por la turca.

Tengo pensado, a largo plazo, ir descubriendo en esta modesta “sección” esos roles “olvidados” de la regina, que muchos conocedores de las artes de la turca puede que desconozcan. Y esto se debe a la densidad y longitud de la lista de óperas interpretadas por la señora, que cantó tanto ópera clásica como romántica italiana, rusa y francesa, sin olvidar la verista.

Hoy, como comienzo, quiero hablar de su Mozart. Gencer siempre será relacionada con un par de roles en concreto: Donna Anna, y Donna Elvira. Las dos de la ópera Don Giovanni. Hablaré próximamente de esta obra.

Leyla, en La Scala. Año 1968.

Gencer las interpretó a las dos en diferentes momentos, y los testimonios, sobre todo el de su Donna Elvira (En video) son espectaculares.

Pero Gencer no se limitó a Don Giovanni. En La Scala se llevó a cabo un Idomeneo un tanto especial, debido básicamente a que la Elettra corría a cargo de la regina.

En efecto, Leyla cantó la Elettra mozartiana, Y aquí podemos escuchar el resultado:

La voz de leyla es difícil… Eso es algo que hay que reconocer. Resultará poco grata a determinados oídos. Yo supongo que este efecto, a la inversa, se producirá en otros. Su éxito en el directo es patente. La regina es una de las pocas cantantes que se podían jactar de no haber recibido nunca en su dilatada carrera un abucheo o un silbido.

Idomeneo, ossia, la Elettra furiosa. 😉

La linea vocal de la turca es delgada, ágil, cortante en el agudo y algo más espesa en el grave. Las agilidades, quirúrgicas, siempre son aplicadas con un regusto metálico muy preciso, que a veces se pierde ante la riqueza que produce el evidente cambio de color.

Extrañamente vivas, las palabras cobran una fuerza inmensa, y son delineadas con una clase inusitada. Como de costumbre el rol destinado a la turca es furioso y vengativo. Sale a relucir el temperamento un tanto agresivo de la Gencer, que no gustaba a Leyla reconocer, pero que, obviamente, estaba ahí.

Idomeneo, rey de Creta:

Esta ópera seria de Mozart no deja de tener mucho de Gluck, y no precisamente por la música. El desarrollo, la poesía, los versos, las situaciones y la estructura nos recuerdan mucho a obras de Gluck como Ifigenia in Áulide y Alceste.

Se podría decir que Mozart, que acababa de llegar de París cuando estrenó la obra, es fiel al bando de Piccini en el estricto sentido “Recitativo-Aria”, pero traiciona con insidia la tradición italiana al entregarse a la reforma con su lenguaje musical y dramático, y su uso de los coros, profundamente conmovedores.

Tal vez por esta similar coincidencia, debida a la cercanía de Varesco al círculo de Gluck (Conocía al libretista Calzabigi), se encontró Leyla cómoda en el estilo de los recitativos, y, sobre todo, en los momentos que pedían más dramatismo, como el D’oreste d’Ajace, una pagina que la turca, salvo alguna salida de tono debida a la falta de resuello, lleva a cabo con sublime precisión canora y pasión dramática desbordante.

Escuchemos, en detalle, su D’oreste d’Ajace:

Dirige la orquesta de la Scala Wolfgang Sawallisch.

Mozart se enfrentó duramente a Varesco, a través de su padre, Leopold, que era el que trataba directamente con el libretista. La razón: Varesco estaba demasiado familiarizado con Francia y su estilo. Recordemos que el libreto de Idomene ya fue utilizado para una tragedia lírica francesa con música de Campra, con su ballet y todo, y que Mozart estuvo constantemente en desacuerdo con Varesco en el uso de palabras y sílabas concretas. Se puede decir que Mozart “italianizó” el libreto poco a poco.

Años más tarde Mozar volvería a las raíces francesas de la obra primigenia en una nueva versión que estrenó para un público más selecto. Recordemos que Idomeneo gustó a la crítica y al público refinado, pero no tuvo mucho éxito en general. Puede que este sea un indicativo de su naturaleza reformista.

La obra italiana, de inspiración francesa, se entrenó en Munich.

Tal vez ese regusto francés que Mozart intentó diluir para mayor comodidad de los cantante italianos y alemanes que estrenaron la obra quedó indeleble en el contexto dramático. Idomeneo es una opera seria al uso, muy metastasiana en su evolución, pero sus personajes son drásticamente dramático, y parecen cobrar vida entre el cartón piedra que les rodea.

Este contexto de experimentación dramática, muy a lo Gluck, da pie a personajes de gran hondura psicológica. Un claro ejemplo es, precisamente, Electra.

Para hablar de Electra, hay que recordar que su contrapunto vocal y dramático, en la obra de Mozart, es Ília. Ília es un personaje al que se le otorga una música celestial, pura, podría decirse. Electra representa ante esta pureza la agresividad.

Elettra es agresiva, y así lo demuestra constantemente:

Tutte nel cor vi sento, Furie del crudo averno, Lunge a sì gran tormento Amor, mercè, pietà. 
Chi mi rubò quel core, Quel che tradito ha il mio, Provi dal mio furore, 
Vendetta e crudeltà. Tutte nel cor vi sento, ecc.

Electra es una aristocrata despechada. Esto ya da pie a muchos atributos que resultan odiosos y soberbios. Es altiva, celosa, y clasista. Habla siempre de odio, furia, venganza, y esas palabras de naturaleza despiadada se repiten constantemente en su discurso dolido y rencoroso:

¿Muerto está Idomeneo? ¡Se conjura el cielo contra mí! Puede, a su voluntad, Idamante disponer del imperio, y de su corazón y, a mi, 
¿no me queda ni sombra de esperanza? ¡Abandonada...! Grecia verá, para su vergüenza, a una esclava troyana compartir el trono y el tálamo real... 
En vano ama Electra a ese ingrato... ¿Debe, la hija de un rey cuyos vasallos son reyes, sufrir que una vil esclava aspire a conseguir los más altos dones? ¡Oh furia! ¡No lo resisto!

Se trata, obviamente, de un personaje forzado, desdeñoso, ampliamente anquilosado en su propia furia. Esto lo hace muy atractivo, aún cuando su repercusión en la trama es mucho menor que la de sus compañeros. Electra es sin duda la más atractiva de todos ellos, precisamente por ese temperamento, que permite a la cantante explotar todo su potencial histriónico .

Loca de furia, espeta Elettra el D’oreste, d’Ajace:

¡Oh locura y furia! ¡Infeliz Electra!
¿Idamante del brazo de mi rival? ¡No!
A mi hermano Orestes en el fondo
del abismo me voy a unir.
Enseguida me tendrás,
compañera tuya, allá en el infierno,
en sempiterno dolor,
en el llanto eterno.
De Orestes y de Áyax,
llevo en mi pecho el tormento;
de Alecto la antorcha
ya muerte me da.
Despedazad mi corazón,
horrendas sierpes,
o un hierro a mi dolor
pondrá fin.

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Muy pronto, más Leyla, y más ópera.
Hasta la próxima 😉